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Cómo el gobierno encarece el costo de la educación universitaria

¿Será que las subvenciones del gobierno están haciendo que la educación universitaria sea menos asequible?
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Hoy en día, los diplomas universitarios cuestan un ojo de la cara. Los costos de las matrículas han aumentado un 945% desde 1980 y eso supone que una educación de cuatro años sale ya con un costo cercano al cuarto de millón de dólares en algunas universidades. ¿Por qué cuesta una fortuna la educación superior? Todo se reduce a la oferta y la demanda.

Pero incluso con unos costos de las matrículas cada vez más altos, los aspirantes a ingresar en las universidades siguen haciendo cola para competir por una vacante en un aula universitaria. Esta demanda incesante por acceder a la educación superior se explica principalmente por la promesa de sueldos más elevados: un título universitario puede ayudar a asegurarse un trabajo mejor y un salario más alto. Sin embargo, y debido a que la mayoría de las universidades sólo puede inscribir a un número limitado de estudiantes, la demanda por una educación universitaria es mucho mayor que la oferta disponible. Y las facultades responden a esa demanda elevando el costo de las matrículas.

Lo crea o no, las subvenciones públicas empeoran aún más el problema. Ya sabe, las subvenciones rebajan el costo de un producto o servicio. Cuando las cosas son menos caras, la demanda aumenta. Y una mayor demanda significa mayores costos.

A los defensores de las subvenciones les gusta señalar que este tipo de ayudas públicas permite que más estudiantes acudan a la universidad. Pero a pesar de que esto podría parecer algo positivo, son muchos los estudiantes que tienen dificultades para completar su educación universitaria: dos tercios de los estudiantes no se gradúan en esos cuatro años, mientras que el 40% de los estudiantes abandona los estudios, muchos de ellos con significativas deudas. E incluso en el caso de los estudiantes que sí se gradúan, los estudios universitarios no siempre se traducen en unos ingresos más altos: muchos estudiantes se gradúan y acaban accediendo a empleos a los que podrían haber entrado sin tener que acudir cuatro años a una facultad y, sobre todo, sin tener que gastar decenas de miles de dólares.

Recortar las subvenciones públicas a la educación superior no solucionará por completo lo del aumento del costo de las titulaciones universitarias, pero es un buen punto de partida. No nos podemos dar el lujo de mantener una política que provoca el aumento de los mismos costos que procura reducir.

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