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La inseguridad del Seguro Social

Mientras nuestros responsables políticos sopesan el futuro del Seguro Social, permitir que el trabajador elija qué hacer con el dinero que tanto le cuesta ganar debería formar parte del debate.

El reciente hundimiento de los mercados, que apenas duró un día, reavivó viejas discusiones sobre cómo resolver un problema cada vez más acuciante: el Seguro Social se está quedando sin fondos.

Así es como se supone que funciona el sistema:

Si Ud. gana $30,000 anuales, el gobierno federal se lleva el 6.2% ($1,860) en concepto de impuestos sobre su nómina y otro 6.2% lo pone su empleador; el gobierno deposita todo ese dinero en el Fondo Fiduciario del Seguro Social. A continuación, ese dinero se paga a los jubilados según lo que ellos hayan aportado al sistema a lo largo de su vida laboral.

La idea es que cuando Ud. se jubile, haya suficientes empleadores y empleados que hayan aportado fondos al sistema, de modo que Ud. pueda recibir todos los beneficios del Seguro Social. Éste ha sido el modelo básico de negocio del Seguro Social durante 80 años.

Y ésta la razón por la que el modelo no está funcionando:

Debido a cambios demográficos, por ejemplo que demasiadas personas se están jubilando así como la disminución de la población activa, no se está depositando el suficiente dinero en las arcas del Fondo Fiduciario para pagar todos los beneficios de los jubilados. De hecho, el propio gobierno federal ha calculado que el dinero para el Seguro Social federal se acabará en 2034.

Este gráfico del Comité para un Presupuesto Federal Responsable (CFRB) expone esa creciente disparidad:


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La gente seguirá recibiendo el Seguro Social, pero con el pasar de los años recibirá menos, a con una reducción estimada del 21% para todas las categorías en 2034. Por ejemplo, un pago del Seguro Social de $5,000 se reduciría hasta $3,950. Además, como explica un informe del Instituto Cato, posteriormente, por ley, los beneficios del Seguro Social tendrán que reducirse en un 24%.

Los responsables políticos han estado debatiendo durante años sobre cómo arreglar este problema. Las ideas más recurrentes han sido aumentar los impuestos sobre la nómina, eliminar el tope de ingresos gravables, elevar la edad de jubilación, disminuir los beneficios o una combinación de todas ellas.

Aunque hay otra idea que normalmente se deja de lado en esos debates: la inversión privada. Es decir, en lugar de poner la totalidad de ese 6.2% de los impuestos sobre la nómina en el Fondo Fiduciario del gobierno, habría que dejar que los trabajadores jóvenes depositen una parte de ese porcentaje en fondos privados de inversión.

Quienes se oponen mencionan lo sucedido el pasado med de agosto, cuando el mercado bursátil cayó 1,000 puntos. Indican que los mercados son demasiado volátiles y la gente podría perder gran parte de sus ahorros para la jubilación. El Seguro Social, por otro lado, invierte en valores con garantía pública que supuestamente son mucho más seguros.

Aunque éstos también son mucho menos lucrativos. Los rendimientos de la inversión en el Seguro Social fueron de un 2.27% en 2014, un porcentaje muchísimo menor que el de la inversión privada según los analistas:

“A pesar de las recientes caídas del mercado bursátil, un trabajador que hubiera invertido de manera privada durante los últimos 40 años habría seguido obteniendo un rendimiento anual promedio del 6.85% invirtiendo en el índice S&P 500, un 3.46% en bonos empresariales y un 2.44% en bonos públicos”.

El ejemplo es el de una trabajadora jubilada en 2011. Si invirtiera la mitad de sus impuestos sobre la nómina para el Seguro Social, se jubilaría con más dinero que el que le ofrecería el Seguro Social. Por otro lado, cuando los beneficiarios del Seguro Social fallecen, se pierden sus beneficios. En cambio, el dinero depositado en cuenta privadas se puede traspasar a sus herederos.

Un ejemplo real es el caso de Chile, que privatizó su sistema de pensiones en 1981.

Los chilenos aportan el 10% de su salario, pero ese dinero va a una de las múltiples compañías de inversión privada. Como descubrió un colaborador del New York Times cuando en 2005 comparó los datos con un amigo chileno, resultó que el rendimiento es mucho mejor en Chile:

  1. Jubilación en 10 años, a los 62 años, con una pensión anual de $55,000. Eso sería más del triple de los $18,000 que yo puedo esperar del Seguro Social a esa edad.
  2. Jubilación a los 65 años con una pensión anual de $70,000. Eso sería casi el triple de los $25,000 de pensión prometidos por el Seguro Social jubilándose un año más tarde, a los 66.
  3. Jubilación a los 65 con una pensión anual de $53,000 y un pago único de $223,000.

Además, el gobierno chileno cubriría parte de esos pagos en caso de que la compañía de inversión quebrase.

La conclusión es que mientras nuestros responsables políticos sopesan el futuro del Seguro Social, permitir que el trabajador elija qué hacer con el dinero que tanto le cuesta ganar debería formar parte del debate.

Para aprender más sobre el sistema del Seguro Social, sírvase leer: “La discapacidad del gobierno está casi discapacitada”.